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Los fármacos psicotrópicos con acción depresora del sistema nervioso central, conocidos como ansiolíticos —tranquilizantes menores— están destinados a reducir o suprimir los síntomas de la ansiedad sin producir sedación —a diferencia de los fármacos hipnóticos—. A pesar de que existe tendencia a hacer un uso generalizado de los fármacos ansiolíticos por parte de la población para combatir los síntomas de la ansiedad, conviene saber en qué ocasiones estamos haciendo un uso inadecuado de los mismos y por qué convendría conocer otras alternativas. Echemos un vistazo.

Tipos.

Tradicionalmente, los ansiolíticos se pueden clasificar en dos grandes grupos: las benzodiacepinas y los derivados no-benzodiacepinas. Las benzodiacepinas se pueden considerar como los ansiolíticos peores prescritos, pues producen un efecto relajante que genera adicción. Son fáciles de identificar pues comúnmente su terminación es: -am —por ejemplo: diazepam, alprazolam…—. La principal acción de este tipo de fármacos es que suponen un alivio subjetivo y objetivo del estado de tensión del individuo.

Por otro lado, los fármacos derivados, aunque poseen el mismo mecanismo de acción que las benzodiacepinas, se diferencian en que su afinidad por un único receptor molecular limita sus efectos a una acción sedante, es decir, este tipo de fármacos tienen mayor utilidad como hipnóticos y no como ansiolíticos. Estos fármacos suelen empezar por –zo —como por ejemplo: zolpidem, zoplicona…—.

Para comprender mejor las diferencias entre ambos grupos, conviene saber cuál es este mecanismo de acción. La comunicación entre las distintas neuronas —células nerviosas— se produce por medio de sinapsis químicas, transmitiendo impulsos nerviosos. Esta comunicación no se produce per sé por un mero contacto entre las células, sino que es modulada por unas biomoléculas que se conocen como neurotransmisores. La acción de los fármacos psicotrópicos —en su mayoría— consiste en alterar este proceso de neurotransmisión, bien sea estimulando o inhibiendo su actividad. En el caso de los ansiolíticos, actúan sobre un tipo de neurotransmisor específico, el GABA —ácido gamma-aminobutírico— cuya función es inhibir la actividad neuronal, y por ello acompaña la respuesta del organismo frente a la ansiedad, entre otras funciones. Esto significa que los ansiolíticos actúan como agonistas de este neurotransmisor, potenciando su actividad inhibidora. La diferencia entre el efecto ansiolítico y sedante radica en la afinidad que los distintos tipos de ansiolíticos mantienen sobre los receptores moleculares del neurotransmisor —las benzodiacepinas tienen afinidad por un receptor concreto del GABA, el cual produce una acción ansiolítica; y en el caso contrario, la afinidad existe sobre otro tipo de receptor que produce acción hipnótica—.

¿Son necesarios en todos los casos de ansiedad?

Debido a sus componentes, las respuestas pueden ser muy variadas y el tratamiento menos efectivo en función del diagnóstico. Por ejemplo, se sabe que las benzodiacepinas responden mal al tratamiento de fobias, del trastorno obsesivo-compulsivo o del trastorno por estrés postraumático. Asimismo, no produce respuesta a la ansiedad asociada a la depresión ni a la esquizofrenia. En casos de epilepsia tampoco es permisible su uso, pues requiere elevadas dosis para producir un efecto miorrelajante, lo cual a su vez implica sedación y anula el efecto. También hay escasa evidencia sobre la reducción del número de crisis de angustia o ataques de pánico, siendo que su uso en estos casos está enfocado al tratamiento inmediato.

Aunque es cierto que el tratamiento de la ansiedad con ayuda de fármacos puede facilitar el trabajo sobre la cognición —o pensamientos que pueden predisponer sintomatología ansiosa—, hasta el punto de poder reducir la hiperexcitabilidad nerviosa y la frecuencia en que pueden aparecer episodios de crisis nerviosas, cabe tener en cuenta, por otro lado, los motivos por los que un individuo puede desarrollar ansiedad —problemas en el trabajo, problemas en la relación de pareja, dificultades para dormir, experimentar un hecho traumático…—, frente a lo cual hay que considerar que el tratamiento con ansiolíticos estaría indicado en caso de necesidad —por diagnóstico de un trastorno de ansiedad, y bajo supervisión por parte de la persona especialista correspondiente—, ya que existen numerosas opciones alternativas con menos efectos secundarios que pueden ser más eficaces a largo plazo, y que muchas veces por falta de tiempo y recursos pueden pasar desapercibidos, explicando así la tendencia al uso generalizado de los ansiolíticos.

Tipos de tratamientos psicológicos efectivos.

De acuerdo al Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia Clínica (NICE), el tratamiento psicológico es considerado como primera elección frente a la sospecha de trastornos de ansiedad, específicamente en el trastorno por estrés postraumático o en el trastorno obsesivo-compulsivo. Este mismo organismo sugiere que las benzodiacepinas podrían recomendarse «específicamente a corto plazo o en la atención de crisis». No son pocos los estudios que avalan que el tratamiento psicoterapéutico es, por lo tanto, una alternativa eficaz a la medicación, distinguiéndose:

Terapia de exposición: eficaz en el tratamiento de fobias, basado en la aproximación sucesiva del individuo a aquellas situaciones que le generan ansiedad.

Terapia cognitivo-conductual: eficaz en el tratamiento del trastorno de pánico, trastorno de ansiedad social, trastorno de ansiedad generalizada y trastorno obsesivo-compulsivo, basado en su mayor parte en la reestructuración cognitiva cuyo postulado es la interpretación que el individuo realiza de un suceso como la causa de los síntomas que genera, más que el suceso en sí mismo, y cuyo objetivo es la búsqueda de interpretaciones alternativas funcionales.

Es posible indicar que la terapia cognitivo-conductual tiene mayor eficacia a largo plazo que los tratamientos farmacológicos. No obstante, eso no significa que en determinados casos —en función de la intensidad de los síntomas— no sea recomendable realizar un uso combinado de terapia farmacológica y psicológica, siempre bajo el debido seguimiento por los o las profesionales clínicos/as correspondientes.

Conclusión.

En el tratamiento de la ansiedad existen numerosas técnicas y terapias cuya eficacia dependerá en buena medida del uso responsable de las mismas. Los fármacos ansiolíticos están indicados para casos de ansiedad intensa y para un uso correspondido a un corto periodo de tiempo. Sin embargo, en la actualidad advertimos un uso generalizado, y es conveniente no medicalizar situaciones que, en realidad, no son patológicas, donde el tratamiento puede ser sustituido por la psicoterapia, con la ventaja de generar menos secuelas, además de otros aliados (p. ej., hábitos saludables, cuidado de la alimentación, ejercicio físico continuado, autocontrol…).

Como siempre, os recomendamos hacer un uso responsable de los medicamentos, y ante cualquier tipo de duda, consultar al o a la especialista, pues es la persona más indicada para aclarar las buenas prácticas para su consumo y, para eso, en grupoVOLMAE podemos ayudarte.

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