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Hay que reconocer que nos pasamos resolviendo conflictos y tomando decisiones constantemente y que con frecuencia, no es sencillo, sobre todo cuando se tienen hijos e hijas.

En ocasiones nos preguntamos si hemos actuado correctamente, dudamos sobre cuál será la mejor decisión ante una demanda, nos culpamos pensando que hemos sido demasiado duros o duras tras una reprimenda, nos bloqueamos ante cómo resolver ciertas situaciones, nos dejamos llevar por las emociones en los escenarios problemáticos y un largo sinfín de dudas que parecen no tener una respuesta clara.

Como dice la cultura popular “nadie nace sabiendo” y por supuesto, no tenemos un gen de resolución de conflictos incluido en nuestro ADN.

Un conflicto es algo intrínseco al ser humano, y surge de una oposición o desacuerdo entre personas que hace que surjan sentimientos negativos y desagradables. Además, también puede darse cuando recibimos críticas o quejas sobre nuestra persona o comportamientos, por lo que no ha de extraños que sea un evento que se repita de manera frecuente.

La familia se encuentra en continuo cambio, dando lugar a numerosas situaciones que producen conflictos inevitables (ciclos vitales, problemas de comunicación entre la pareja o los hijos e hijas, problemas económicos, laborales, un divorcio…) pero en función de cómo los abordemos estos podrán cronificarse o bien ser una oportunidad de cambio y avance. En general, es importante que los esfuerzos se dirijan a producir el menor daño posible a cada una de sus partes y en especial a los menores.

La pregunta ahora es, ¿y cómo lo hacemos?.

Lo primero a tener en cuenta es que no existe una buena resolución de conflictos si no nos comunicamos de manera adecuada. La comunicación asertiva es la mejor herramientas que podemos elegir. Para ello, es fundamental el autoconocimiento, comprender qué es lo que nos produce malestar, qué no funciona y barajar cómo podría paliarse de manera que defendamos nuestros derechos, opiniones y necesidades.

Pero esto no es suficiente, el respeto a la otra parte es fundamental, escuchar y comprender su posición a la vez que comunicamos la nuestra de manera no dañina también. Así, podremos hacer y recibir peticiones. Y, muy importante, siempre comunicar con los mensajes “yo”, desde cómo nos sentimos y meditando sobre el acto o situación concreta que nos produce malestar y no sobre algo general. Hablamos de conductas, sin llegar a juzgar a la persona ni cuestionar sus decisiones ni exigirles el cambio.

En el caso de los hijos e hijas, concretamente, es importante que cuando algo no está bien expliquemos los porqués y propongamos alternativas de solución más adaptativas, realistas y favorables, haciéndoles ver las ventajas y consecuencias positivas que este nuevo comportamiento tendría potencialmente.

Ahora que tenemos una pincelada general de cómo comunicarnos podemos dar un paso más para conocer los escalones existentes en la resolución de conflictos.

1. Definir el conflicto: El primer paso es reconocer que existe un problema y para ello es importante observar detenidamente nuestros propios sentimientos y los de los demás, mostrando ser emocionalmente inteligentes, entonces, podremos identificar cuál es exactamente el problema concreto. Así seremos capaces de fijar objetivos y proponer diferentes posibilidades consensuadas de resolución, barajando la dificultad de puesta en marcha y consecuencias probables de cada una de ellas. Finalmente se tomará una decisión comprometiéndonos ambas partes y la ejecutaremos, analizando posteriormente si realmente funciona o tendremos que darle otra vuelta más.

2. Proponer alternativas de solución: Al igual que con otros adultos, es fundamental implicar a nuestros hijos e hijas en el proceso de toma de decisiones y permitir que ellos también se expresen y negocien con nosotros y nosotras las soluciones, siempre teniendo en cuenta los límites que, como padres y madres, establecemos. Un dato curioso es que, si son ellos los que descubren las propias alternativas de resolución del conflicto sintiéndose escuchados, es más probable que las pongan en prácticas que si somos nosotros las que las imponemos.  

3. Valorar ventajas e inconvenientes de cada alternativa propuesta, y decidir conjuntamente, toda la familia cuál es la más adecuada y cuál va a ser elegida. 

Estas medidas descritas solo serán efectivas si los adultos somos capaces de pactar previamente las decisiones, objetivos y límites que llevaremos a la práctica, para evitar la desautorización mutua, ya que es algo que los hijos e hijas perciben. También ser congruentes y consecuentes con nuestra forma de actuar, pues recordemos que las madres y padres son los principales modelos de aprendizaje que los niños/as tienen y sus referentes principales a imitar e incluso, admirar. 

Tomemos los conflictos como retos, los que con motivación, optimismo y creatividad nos hacen crecer juntos, avanzar y estrechar los lazos familiares y vínculos afectivos y de confianza.

Si quieres más información sobre cómo comunicarte con tus hijos o hijas o aprender a resolver conflictos de forma positiva y creativa, puedes consultarnos, escríbenos aquí.  

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