Vivía en una paradisiaca isla rodeada por un mar de aguas cristalinas. La supervivencia se basaba en la recolección de cocos. Necesitaba que alguien me ayudase y quería lo mejor. Le pregunté al jefe de la oficina de trabajo de la isla cuál era el mejor animal que podía contratar. – ¿Necesitas un animal? – me dijo. Sí, quiero al mejor de la zona, que sea rápido, fuerte, inteligente, respetado, el mejor, que no tenga rival en la isla. No me importa cuanta comida tenga que darle, pero que sea incansable. El jefe de la oficina me dijo “si quieres al más rápido, fuerte, respetado e incansable… pues es el tiburón”.

Me costó mucho localizarlo, convencerlo, pero al final contraté al tiburón. El primer día le dije, “tu trabajo consiste en subir a las palmeras y recolectar cocos. Un mono flacucho que tengo recolecta 20 cocos a la hora. Con lo que tú comes espero que recolectes al menos tres veces más”. El tiburón, se me quedó mirando, abrió la boca y se me llevó una pierna de un solo bocado. ¿Qué había pasado? Había contratado al mejor, al más rápido, fuerte y respetado. Estaba dispuesto a darle la comida que necesitase porque hiciese una buena recolección y lo único que hizo fue llevarse mi pierna. ¿En qué había fallado?

Espero que me ayudes y me digas en qué me había equivocado…

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