Las niñas, niños y adolescentes con altas capacidades no siempre viven su diferencia como una ventaja. Cuando además presentan rasgos asociados a trastornos del neurodesarrollo como TEA o TDAH, pueden aparecer dificultades en la comunicación, la adaptación social y la construcción de vínculos. En algunos casos, esta combinación se acompaña de rasgos de esquizotipia, entendida como una forma particular de pensar, percibir y relacionarse que puede generar rareza social, desconfianza o interpretaciones poco ajustadas de lo que ocurre alrededor.
Empecemos diciendo importante no reducir a la persona a una etiqueta. Cada perfil es único y necesita una mirada completa, respetuosa y basada en la evidencia. Las altas capacidades pueden convivir con una gran sensibilidad, un lenguaje muy elaborado, intereses intensos y una fuerte necesidad de coherencia. Si a esto se suman dificultades en funciones ejecutivas, rigidez cognitiva o problemas en la lectura de claves sociales, es fácil que surjan malentendidos, sensación de aislamiento y conflictos con iguales.
En la vida cotidiana, esto puede verse en frases como “no encajo”, “me entienden mal” o “prefiero estar a solas”. A veces, la persona interpreta las intenciones de otras personas de forma más amenazante o extraña de lo que realmente son. Otras veces, su estilo de pensamiento poco convencional puede hacer que parezca distante, excéntrica o difícil de seguir. No se trata de “corregir” la personalidad, sino de enseñar herramientas para comprender mejor el mundo social y reducir el malestar.
¿Cómo ayudar?
Primero, validar. Antes de intervenir, conviene reconocer que la experiencia emocional es real. Minimizar o etiquetar como “manías” lo que ocurre solo aumenta el aislamiento. La validación abre la puerta al cambio.
Segundo, psicoeducar. Explicar qué son las altas capacidades, qué significa un perfil neurodivergente y por qué pueden aparecer dificultades sociales ayuda a reducir culpa y confusión. Comprender lo que pasa mejora la autoestima y favorece la colaboración familiar y escolar.
Tercero, entrenar habilidades. El trabajo en comunicación, resolución de conflictos, regulación emocional y flexibilidad cognitiva es fundamental. También lo es practicar situaciones sociales concretas, anticipar contextos y revisar pensamientos automáticos que pueden estar alimentando la desconfianza o la inseguridad.
Cuarto, coordinar entornos. Familia, escuela y consulta deben avanzar en la misma dirección. No basta con que la persona aprenda estrategias; también necesita un entorno que entienda su funcionamiento, respete su ritmo y evite comparaciones dañinas.
En nuestros centros de Psicología Integral acompañamos a menores y familias con una intervención personalizada, basada en la evidencia y adaptada a cada caso. Trabajamos para fortalecer recursos emocionales, mejorar las relaciones interpersonales y promover un desarrollo más sano y equilibrado.
Si notas que una niña, niño o adolescente con altas capacidades se siente solo, incomprendido o presenta dificultades sociales persistentes, pedir ayuda profesional puede marcar una gran diferencia. Una intervención temprana y especializada no solo reduce el malestar: también protege el bienestar presente y el futuro.
Si consideras que necesitas ayuda, en grupoVOLMAE, estaremos encantados de ayudarte.
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