Cada vez es más frecuente que padres y madres acudan a consulta preocupados porque sus hijos e hijas presentan dolores de barriga, de cabeza, mareos o incluso sensación de falta de aire… sin que exista una causa médica clara. Lejos de ser “cosas sin importancia”, estos síntomas pueden ser la forma en la que el cuerpo de un menor está expresando algo que no sabe poner en palabras: ansiedad.
En la infancia y la adolescencia, el lenguaje emocional aún está en desarrollo. Muchos menores no identifican ni comprenden lo que sienten, y mucho menos saben expresarlo adecuadamente. Por eso, el cuerpo se convierte en su principal canal de comunicación. Es lo que en psicología llamamos somatización: cuando el malestar psicológico se manifiesta a través de síntomas físicos reales.
Un niño o niña con ansiedad no siempre dirá “estoy nervioso” o “tengo miedo”. Es más probable que diga “me duele la tripa” antes de ir al colegio, que tenga náuseas en situaciones sociales o que refiera cansancio constante. Estos síntomas no son fingidos ni exagerados: son experiencias fisiológicas reales generadas por la activación del sistema nervioso.
Uno de los factores clave en este proceso es la hipervigilancia corporal. El menor empieza a prestar atención excesiva a cualquier sensación física (un lunar, un latido, una molestia leve) y la interpreta como peligrosa: “puede ser algo malo”, “me voy a poner enfermo”. Esta interpretación aumenta la ansiedad, que a su vez intensifica las sensaciones físicas, generando un círculo que se retroalimenta.
Además, sin darnos cuenta, los adultos podemos contribuir a mantener este problema. La sobreprotección, la comprobación constante (“déjame ver si tienes algo”), o la tranquilización excesiva (“no es nada, no pasa nada”) pueden aliviar momentáneamente, pero a largo plazo refuerzan la preocupación del niño.
Entonces, ¿qué podemos hacer?
En primer lugar, es fundamental validar sin alarmar. Frases como “entiendo que te duele” o “sé que lo estás pasando mal” ayudan al niño o niña sentirse comprendido, sin reforzar la idea de enfermedad grave.
En segundo lugar, debemos ayudarle a identificar emociones. Preguntar “¿cómo te sentías antes de que te doliera la tripa?” o “¿qué estabas pensando?” facilita la conexión entre cuerpo y emoción.
También es clave reducir las conductas de comprobación. Cuanto más revisa el niño su cuerpo o busca seguridad externa, más se mantiene el problema. Aquí es importante acompañar, pero no reforzar la evitación ni la dependencia.
Por otro lado, enseñar estrategias de regulación fisiológica como la respiración diafragmática o la relajación puede ayudar a disminuir la activación corporal. Y no menos importante: mantener rutinas estables, favorecer el descanso y limitar la sobreexposición a estímulos estresantes.
Cuando estos síntomas son persistentes o interfieren en la vida diaria (colegio, sueño, relaciones), es recomendable acudir a un profesional. En consulta
trabajamos directamente sobre el origen del problema: los pensamientos, las emociones y las conductas que lo mantienen. A través de técnicas específicas, ayudamos a los menores a comprender lo que les ocurre, a manejar su ansiedad y a recuperar su bienestar.
Porque cuando el cuerpo habla, no hay que callarlo… hay que aprender a escucharlo.
Si consideras que necesitas ayuda, en grupoVOLMAE, estaremos encantados de ayudarte.
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