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A lo largo del día podemos vernos expuestos a diversas situaciones o acontecimientos, ya sean internos y/o externos, los cuales consideramos como problemas o retos. La Real Academia Española define “problema” como una cuestión que se trata de aclarar; una proposición o dificultad de solución dudosa; conjunto de hechos o circunstancias que dificultad la consecución de algún fin; planteamiento de una situación cuya respuesta desconocida debe obtenerse a través de métodos científicos y también define problema como disgusto, preocupación.

En Psicología, el término preocupación hace referencia a un proceso que se inicia cuando la persona detecta la posibilidad de aparición de un suceso negativo. Este proceso puede iniciarse incluso ante posibilidades remotas o de baja probabilidad de ocurrencia y sin que se den en el momento presente. Una vez que se detecta la posibilidad de ocurrencia de un suceso negativo se elaboran algunas de las consecuencias que tendría ese evento negativo y qué comportamientos podrían realizarse.

Cuando delimitamos y definimos correctamente un problema, buscamos alternativas evaluando sus pros y contras, y escogemos la opción que mejores consecuencias nos trae es cuando nos ocupamos de la preocupación. Preocuparse por tanto tiene que ver con lo que ocurre antes de ocuparse y se encuentra muy relacionado a la intolerancia a la incertidumbre.

Podemos entonces preguntarnos, ¿cómo puedo reconocer si mi preocupación es excesiva y no “paro de darle vueltas”?, Martell y col. (2010, p. 138.) muestran una forma para identificar el proceso de rumiación. Se trata de una regla que se puede resumir de la siguiente forma:

“Cada vez que te encuentres pensando sobre algún tema, tómate dos minutos para seguir haciéndolo. Luego de esos dos minutos quiero que consideres dos preguntas. La primera es “¿estoy avanzando en resolver el problema que estoy considerando?” y la segunda es “me estoy sintiendo menos autocrítico/a o menos deprimido/a después de estos dos minutos de pensar en esto? Si la respuesta a cualquiera de esas dos preguntas es “no” entonces intentará utilizar un recurso alternativo para interrumpir ese patrón de acción”.

Para poder intervenir sobre las preocupaciones primero explicaremos las creencias asociadas a las preocupaciones y la función que tienen.

Creencias sobre las preocupaciones

Una creencia al respecto es que preocuparse ayuda a descubrir medios para evitar lo que se teme. No obstante, más que descubrir estos medios, lo que se teme no ocurre debido a que es muy improbable. Podemos creer que preocuparse es un medio eficaz de resolver problemas, aunque lo que nos dicen los estudios es que las preocupaciones entorpecen el proceso de solución de problemas.

La preocupación también se contempla como estrategia motivacional, pensando que preocuparse motiva a llevar a cabo lo que hay que hacer; este proceso de rumiación queda reforzado negativamente no por el pensamiento de lo que hay que hacer sino por la desaparición del malestar asociado al estado de preocupación. Es decir, la rumia actuaría como cuando nos duele la cabeza y nos tomamos un analgésico.

Otra creencia asociada a las preocupaciones, es que “preocuparse prepara para lo peor, protege de las emociones negativas”. Esta creencia tiene un coste asociado y es el mantener largos periodos de malestar y otras consecuencias negativas como ejemplo ansiedad, deterioro de la ejecución de tareas, problemas de concentración, perturbaciones del sueño, tensión muscular, fatigabilidad, irritabilidad.

Podemos pensar que preocuparse puede por sí mismo evitar la ocurrencia de consecuencias negativas o hace menos probable que ocurran, lo cual es un pensamiento mágico (conclusiones basadas en supuestos informales, erróneos o no justificados). Otras veces creemos que preocuparse ayuda a no pensar en otras cosas más perturbadoras emocionalmente, por lo que esta creencia estaría reforzada negativamente por la evitación, reducción del malestar, de temas emocionales más profundos.

Y por último, algunas personas creen que preocuparse es un rasgo positivo de personalidad, y esta creencia podría verse reforzada y con ello la actividad de preocuparse por el reforzamiento positivo cuando otras personas asocian preocupación a responsabilidad, bondad y persona bien intencionada.

Los efectos de las preocupaciones

Las preocupaciones reducen el pensamiento emocional de la información amenazante, pues se evita pensar en los peores resultados posibles, esto hace que no se active la estructura del miedo ni se lleven a cabo acciones para reevaluar y/o afrontar la amenaza, es decir, no se incorpora información correctiva. Como consecuencia de ello disminuye el control percibido sobre las amenazas futuras.

La activación constante producida por la preocupación evita el contraste emocional negativo. Esta evitación es reforzada negativamente, impidiendo el procesamiento emocional, la activación emocional se reduce al no ocurrir las consecuencias temidas, que como hemos comentado anteriormente su probabilidad de ocurrencia es remota en muchos casos.

En ocasiones además de los pensamientos se realizan conductas de seguridad. Algunos ejemplos serían llamar frecuentemente a los seres queridos para comprobar que estén bien, consultar frecuentemente al médico por síntomas propios o de familiares cuya importancia se magnifica, rehuir conversaciones incómodas, posponer actividades. Todas estas conductas tienen como función prevenir la amenaza y reducir la ansiedad. Y esto contribuye a mantener las preocupaciones y las interpretaciones de amenaza.

Si tienes dificultades a la hora de gestionar tus preocupaciones, no dudes en solicitar ayuda en nuestra web.

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