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En terapia es fácil encontrarnos con trastornos adaptativos y situaciones que desbordan a nuestros pacientes, y que llegado el momento pueden interferir gravemente su funcionamiento diario. Encontrarse pacientes “rotos por dentro” “vacíos” “sin sentido de vida” “con un dolor en el pecho como si me hubiera desquebrajado”… esas y algunas aún más impactantes son las frases que se encuentra un psicólogo antes de que el paciente comience a “abrirse” y analizar las situaciones que han llevado a tales síntomas.

Cuando no sabemos amar, no sabemos afrontar el desamor, y sobretodo cuando el amor nunca ha estado, no podemos esperar que este salve nuestra relación. Desde pequeños, tenemos una educación ligada a la razón, al uso del raciocinio para conseguir nuestros objetivos. El amor, como base fundamental en el inicio de nuestra andadura de vida, debe forjarse, alimentarse y educarse. ¿Se puede enseñar a amar? La respuesta es SÍ.

Desde que eres un niño/a, te están dando modelos de imitación, de reciprocidad y de concepción del amor desde su raíz más básica la familia. Hay familias en las que el amor se demuestra desde la preocupación y el miedo: “Ten cuidado, no vayas sólo, llámame cuando llegues… ¡pero qué te ha pasado!”, es la manera de decir: TÚ ERES IMPORTANTE PARA MÍ. Otras familias, demuestran su amor con afecto físico y contacto, son mimosos, cariñosos y no dudan en demostrar lo que sienten con un beso, un abrazo o un te quiero. Tal vez tú familia, ni lo demuestre con preocupación, ni con contacto físico, sino con libertad y aceptación de tu individualidad y diferencias. La cuestión es que desde ese momento vamos alimentando lo que se convertirá en los patrones básicos del amor. En la adolescencia, con el proceso de individuación y paso a la independencia de la edad adulta comienzas esa búsqueda del amor de pareja, un amor, cuyos ingredientes son tan secretos como la paella que hacían nuestras abuelas, que por mucho que queramos cocinarla igual… sabe diferente. El amor… sabe diferente, en cada persona, en cada pareja, se crea una interacción única que dista de las demás y que deberá forjar sus cimientos de una manera inimitable, sana y libre.

Te das cuenta de que amas, en el momento que te planteas tu vida sin esa persona, y puedes ser feliz, en el momento en que disfrutas sabiendo que es feliz aunque sea lejos de ti, te das cuenta de que amas, cuando desde la libertad y decisión la eliges día tras día.

Al ser una relación bidireccional, los flujos de interacción, las emociones, las conductas y los pensamientos son compartidos y se nutren unos de otros, pero siempre queda la parte individual…cada uno ama a su ritmo, cada uno ama a su manera. Lo importante es conocer que necesidades afectivas tienes, cuáles das, y a qué cosas no estas dispuesto a renunciar por amor.

El amor no debe ser una lista de renuncias, de esfuerzos, y de limitaciones en base a conseguir un objetivo: estar con esa persona, pues el amor, no es un objetivo es un proceso.

No es un estado, sino como decimos un proceso, lo que implica, emociones más o menos agradables, más o menos intensas, basadas en el compromiso, la intimidad y la pasión.

El amor tiene fecha de caducidad, en algunos casos, a veces por los malos ingredientes depositados desde el principio y a veces por un deterioro del mismo por el mal-uso o desuso.

El amor más imprescindible que tenemos y que trabajamos desde consulta es el amor a uno mismo, a lo que puede entregar, a lo que puede ofrecer, a lo que es, en su esencia, única y diferente, singular y por eso especial. En el momento que te amas, como persona, y que eres capaz de ver en tu imperfección una búsqueda de metas y superación personal, y considerarte persona imprescindible en tu vida, entonces estás preparado para amar.

La última cuestión sería sí el desamor puede curarse, como nos preguntan en consulta. Siempre les respondo algo similar: el desamor no existe porque nos pasamos las 24 horas del día, los 365 días del año, las 24 horas del día, los 1440 minutos del día… amando. Amando a nuestras amistades, a nuestra familia, a nuestros recuerdos, a nuestro trabajo, nuestros placeres, nuestro ocio, nuestras sensaciones y nuestros sueños todavía por cumplir. Nunca hay desamor, porque el amor es un proceso, que se hace tangible, en personas, actividades y sensaciones, tal vez se transforma pero nunca, hay desamor…nuestro trabajo como terapeutas es ayudar a divisar ese amor, que siempre ha estado, y que cuando el autoestima disminuye o el dolor aflora por una pérdida o ruptura, nos ciega hasta no dejarnos ver.

 
Y sólo entonces te das cuenta de que tu corazón late.
De que no hay emociones ni buenas ni malas,
y de que la vida era eso..sentir, solo eso.
Sin más coraza que la sombra de tu temor,
sin más aliento que tu esperanza,
sobrecargada de sufrimiento
y el cobijo de un sueño roto.
Y entonces, sólo entonces…
te das cuenta de que tu corazón late.
Ahí estas, amor.
Mar Alcolea

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